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Tlacaélel 07/11/2019 35823 visitas Reportar

Hace 500 años un 7 de noviembre de 1519 Hernán Cortés pasó la noche en Iztapalapa antes de entrar al día siguiente a Tenochtitlan para conocer a Moctezuma, el tlatoani de Tenochtitlan después de haber partido de Cholula.

 

Tenochtitlan

 

Tienes que saber que en Cholula, que era una ciudad sagrada, Cortés había llevado a cabo uno de los más grandes genocidios desde su llegada pues asesinó junto a su ejército a más de 5 mil civiles desarmados:

“En tres días que allí estuve, proveyeron muy mal y cada día peor, y muy pocas veces me venían a ver ni hablar los señores y personas principales de la ciudad. Y estando algo perplejo en esto, a la lengua que yo tengo… (Malinche) le dijo otra natural de esta ciudad cómo muy cerquita de allí estaba mucha gente de Mutezuma junta, y que los de la ciudad tenían fuera sus mujeres sus hijos y toda su ropa, y que había de dar sobre nosotros para nos matar todos, y si ella se quería salvar que fuese con ella, que ella la guarecería; la cual lo dijo a aquel Gerónimo de Aguilar, lengua que yo hube en Yucatán de que así mismo a vuestra alteza hube escrito, y me lo hizo saber…”

Segunda Carta de Relación de Hernán Cortés

Esta acción no tenía justificación alguna y fue llevada a cabo por el capitán español solo como una muestra de poder y una amenaza directa a Tenochtitlan. Cortés justifica este hecho en sus "Cartas de relación" diciendo que Moctezuma había enviado 50 mil soldados a acabar con el:

“Vuelto al aposento, hablé con aquellos señores que tenía presos y les pregunté qué era la causa que me querían matar a traición, y me respondieron que ellos no tenían la culpa porque los de Culúa que son los vasallos de Mutezuma, los habían puesto en ello, y que el dicho Mutezuma tenía allí en tal parte, que, según después pareció, sería legua y media, cincuenta mil hombres en guarnición para lo hacer."

Segunda Carta de Relación de Hernán Cortés

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Una vez concluido este oscuro pasaje, el ejército de españoles y aliados llegaron a Tenochtitlan pero antes de ello pasaron la noche en Iztapalapa.

Y es precisamente Cortés quién nos relata la belleza de la ciudad, pero también lo hace  Bernal Díaz del Castillo. Ambos quedaron tan impresionados que describen a la ciudad como de ensueño, algo que hoy luce muy diferente.

Bernal nos cuenta sobre la entrada a Iztapalapa y lo que pudo ver en su camino:

“Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en la tierra firme otras grandes poblazones y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cues y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños, y hay mucho que ponderar en ello que no se como lo cuente, cosas nunca oídas, ni vistas, ni aún soñadas, como veíamos…”

 

Iztapalapa

También nos describe los palacios y nos deja ver su lamento por la destrucción de dicha población:

“Y desque entramos en aquella ciudad de Estapalapa, de la manera de los palacios donde nos aposentaron, de cuán grandes y bien labrados eran, de cantería muy prima, y a madera de cedros y de otros buenos árboles olorosos, con grandes patios e cuartos, cosas muy de ver, y entoldados con unos paramentos de algodón. Después de bien visto todo aquello, fuimos a la huerta e jardín, que fue cosa muy admirable velo y pasealo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y olores que cada uno tenía, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce, y otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenían hecha, sin saltar en tierra, e todo muy encalado y lúcido, de muchas maneras de piedras y pinturas en ellas que habían harto que ponderar, y de las aves de muchas diversidades y raleas que entraban en el estanque.

Digo otra vez que lo estuve mirando, que creí que en el mundo hubiese otras tierras descubiertas como éstas. Ahora todo está por el suelo, perdido, que no hay cosa en pie.

Y diré que en aquella sazón era muy gran pueblo, y questaba poblada la mitad de las casas en tierras y la otra mitad en el agua, e agora en esta sazón está todo seco y siembran donde solía ser laguna. Está de otra manera mudado, que si no lo hubiera de antes visto, dijera que no era posible que aquello que estaba lleno de agua questé ahora sembrado de maizales.”

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Cortés por su parte nos permite apreciar con sus ojos la magnificencia de Iztapalapa a la que iguala a las construcciones de España en calidad:

Tendrá ésta ciudad de Iztapalapa doce o quince mil vecinos, la cual está en la costa de una laguna salada, grande, la mitad dentro del agua y la otra mitad en la tierra firme. Tiene el señor de ella unas casas nuevas que aún no están acabadas, que son tan buenas como las mejores de España, digo de grandes y bien labradas, así de obra de cantería como de carpintería y suelos y cumplimientos para todo género de servicios de casa excepto mazonerías y otras cosas ricas que en España usan en las casas, que acá no las tienen.”

Y nos cuenta también de los jardines, albercas de lujo, estanques y las casas que ahí había:

“Tienen muchos cuartos altos y bajos, jardines muy frescos de muchos árboles y rosas olorosas; así mismo albercas de agua dulce muy bien labradas, con sus escaleras hasta lo hondo. Tiene una muy grande huerta junto a la casa, y sobre ella un mirador de muy hermosos corredores y salas, y dentro de la huerta una muy grande alberca de agua dulce, muy cuadrada, y las paredes de ella de gentil cantería, y alrededor de ella un andén de muy buen suelo ladrillado, tan ancho que pueden ir por el cuatro paseándose;  y tiene de cuadra cuatrocientos pasos, que son en torno mil seiscientos; de la otra parte del andén hacia la pared de la huerta va todo labrado de cañas con unas vergas, y detrás de ellas todo de arboledas y hierbas olorosas, y dentro de la alberca hay mucho pescado y muchas aves, así como lavancos y zarcetas y otros géneros de aves de agua, tantas que muchas veces casi cubren el agua.”

¿Que te parece?

Tristemente solo contamos con estas descripciones de testigos presenciales pues son los únicos que escribieron sobre ello.

Fuentes:

“Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” de Bernal Díaz del Castillo

“Cartas de Relación” de Hernán Cortés

 

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